FILOSOFÍA Y ÉTICA POLÍTICA.
1. ESTATUTO EPISTEMOLÓGICO DE LA ÉTICA
SOCIAL.

La ética es el estudio sistemático de
la moral, o teoría de la moral, y se instala en el devenir discontinuo de la
historia. A su vez, la moral es el conjunto de normas y reglas de
comportamiento en una sociedad y en una época, y cuya esencial función es
distinguir lo bueno de lo malo desde un criterio de perfección: tradiciones y
costumbres y formas de convivencia socialmente aceptadas. Así, la moral
responde a un ideal concreto de hombre y a los medios para mantenerlo o
lograrlo. En su Diccionario de Filosofía, José Ferrater Mora precisa:
En la
evolución posterior del sentido del vocablo, lo ético se ha identificado cada
vez más con lo moral, y la ética ha llegado a significar propiamente la ciencia
que se ocupa de los objetos morales en todas sus formas, la filosofía moral.
Como estudio sistemático de la
moral, la ética señala los conceptos básicos que permiten la comprensión de la
conducta humana, de las leyes que la regulan y de los valores que la
fundamentan y la orientan en la adecuación de actitudes sociales y en patrones
de comportamiento considerados ideales por la sociedad. Michael Ryan, L.C., en
su texto “Ética Social”, dice:
Efectivamente,
hay que superar la impresión de que la moral es algo “negativo” y llena de
prohibiciones. Al contrario, si recordamos la frase de san Agustín de que la
felicidad está en la dicha que procede de la verdad, nos damos cuenta de que la
moral no es más que el esfuerzo de conocer aquella verdad de la conducta que, a
su vez, será nuestro único camino auténtico hacia la felicidad. Una felicidad
que no se funda sobre la verdad, tarde o temprano mostrará su engaño.
Por tanto, la ética ofrece los
elementos para la reflexión filosófica y la crítica de las acciones humanas en
lo individual, lo social y lo político. Además aborda el concepto de libertad
como capacidad reflexiva que concreta las acciones honestas del individuo en la
construcción de su carácter y que se manifiesta de dos modos: la relación
consigo mismo y su relación con los otros. Esta última relación señala el
concepto política, asumiéndose en el devenir cotidiano de la sociedad y
en la construcción de las instituciones y del Estado. Michael Ryan, L.C., en
el texto señalado, precisa:
La
historia de la ética social está íntimamente ligada a la historia de la ética
general. Casi todas las teorías que han tratado de explicar el fenómeno ético –
hedonismo, eudemonismo, etc. – han sido aplicadas a las acciones sociales de
los hombres. También han ido a la par con el pensamiento político vigente.
Así, pues, la ética recupera hoy
su vigencia en todos los quehaceres humanos: ante los procesos modernos que
buscan intereses distintos al reconocimiento que demanda la condición humana,
algunos pensadores contemporáneos señalan la ética como candidata a nuevo
paradigma. Por eso, en la segunda mitad del Siglo XX surge en los círculos
intelectuales la reflexión sobre el discurso científico. Pero esta
epistemología no es la clásica Teoría del Conocimiento (o Gnoseología) cuyo
inventario son los ismos que
pretenden la verdad; ni la Filosofía de la Ciencia (de Comte y S. Mill) que
promueve el positivismo. Es una epistemología que piensa el estatuto de cada
ciencia, señalando su validez y posición ante el fenómeno humano. En últimas,
en la base de la epistemología se halla la ética: es crítica del discurso
científico y del científico, a la luz de lo que la ciencia y el científico
provocan en el ente social e individual humano.
Se deduce que la ética considera el devenir del quehacer científico en
los aspectos económicos, políticos y sociales que trazan el destino de la
ciencia. Entonces, y porque el hombre es el fin último de las ciencias, la
ética social se constituye en su fundamento y establece relaciones de vecindad
con todas ellas. Así, existen múltiples relaciones de la ética social en el
concierto universal del saber, de modo que nos atenemos a los ítems propuestos
por Michael Ryan, L.C., en
su texto “Ética Social”: la ética social y las ciencias empíricas o positivas,
las ciencias sociales teológicas y las ciencias sociales filosóficas.
Sobre las ciencias empíricas o
positivas, se indica que desde finales del Siglo XIX el hombre quiso
explicarse a sí mismo y al mundo desde un carácter mecánico y funcionalista,
pragmático y utilitario, reduciendo su compleja condición al dato frío de la
estadística propia del método científico, herencia de la matemática y la
física. El resultado es el desarrollo de la ciencia, la tecnología y la
industria, pero también las ideologías de los estados y las instituciones, cuya
tendencia es el olvido del sentido del hombre. Por supuesto: es determinante la
influencia del positivismo en las nacientes ciencias sociales. Michael Ryan,
L.C., en
el texto reseñado, dice:
Estas ciencias estudian el
hecho social desde el punto de vista de lo observable y usando el método
experimental. En esta categoría cabe todo un abanico de disciplinas como son:
la antropología, la economía, la historia, la política, la sociometría, la estadística,
la biología social, la psicología social, la higiene social, la etnología, la
sociografía, la demografía y, con una importancia especial para la ética, la
sociología.
Las ciencias sociales buscan
explicaciones sobre el hombre, y no del hombre en sí. Cada una quiere delimitar
un aspecto de la vida del hombre como objeto al que se le aplique el método
experimental. Estas ciencias han olvidado al hombre, en su interés por las
causas de ciertos fenómenos humanos, como si el hombre pudiera estudiarse fragmentadamente,
o como si lo humano se redujera a objeto particular de estudio. Sobre la
sociología, Michael Ryan, L.C.
argumenta:
La sociología estudia las relaciones interhumanas y la influencia que
ejerce la vida sobre los individuos. Su método es el de la observación
empírica, aunque también usa las estadísticas. La sociología ha contribuido
mucho para aclarar qué es la relación social y darle un lugar específico. Se le
suele dividir en sociología general – que estudia las características generales
de la realidad social – y sociología especial, por ejemplo, del trabajo, de la
educación, de la criminalidad, etc.
Este comportamiento ha hecho que las
nociones sobre lo humano carezcan de la profundidad y la totalidad exigida, y
sí coherentes con intereses epistemológicos particulares. Así, estas ciencias,
derivadas de la física y la matemática (modelo nomológico-deductivo o de
hipótesis) no han logrado una autonomía de objeto ni de método ni de lenguaje,
que les permita abordar el problema humano desde un carácter más interpretativo
y universal. A propósito, Michael Ryan, L.C.,
precisa:
Su método es describir,
medir, comparar las relaciones sociales y formular hipótesis explicativas que
luego trata de verificar. Las leyes sociológicas son leyes de ipso, dicen
cómo están las cosas pero no cómo “deben” estar. Y, a diferencia de las
ciencias que tratan las cosas materiales, sus leyes no pueden ser tan fijas,
tan exactas, porque aquí se juega con el factor libertad y espontaneidad.
Pero es innegable el aporte de estas
ciencias a la explicación del fenómeno humano: sus descubrimientos, expresados
en teorías, iluminan aspectos de la existencia que permiten comprender mejor la
diversidad de comportamientos humanos en su ser individual y social. Pero estos
datos, de corte explicativo, dan cuenta apenas de sus causas y no de su telos,
porque el interés no consiste en los problemas de la ética. Es decir, si bien
las ciencias sociales entrañan una ética, no se ha preocupan por el carácter
ético del hombre. Michael Ryan L.C.,
dice:
Con sus conocimientos, la
sociología busca prevenir los acontecimientos sociales y se pone al servicio de
la pedagogía social y de las ciencias del futuro. Veremos que esto supone
necesariamente un ideal de la sociedad. Y éste, a su vez, pide una ética. Sin
embargo, la sociología no considera directamente los valores éticos.
La sociología corre el
peligro de salirse de su propio campo empírico y proponer sus “leyes” como
absolutas también para la conducta. Se establece entonces la “ley de la
mayoría”. Se confunde el “así es” con el “así debe ser”.
A su vez, las Ciencias sociales
teológicas no se desligan radicalmente de los aportes de las ciencias
sociales, pero a diferencia de éstas establecen el ser y el deber ser a partir
de la revelación, implicando un ethos de la vida social. Allí el hombre es y
existe en su mundo y en sus circunstancias, siendo un ser trascendente y
persona merecedora de respeto y dignidad. Para estas ciencias la sociedad puede
transformarse hacia estructuras más justas y dignas del hombre como hijo de
Dios. Michael Ryan, L.C., en
el mismo texto, dice de estas ciencias:
Consideran la realidad social bajo la luz de la revelación. Combinan una
teología de la vida social con una moral de la vida social. El objeto material
es el mismo. El objeto formal es distinto. En este campo se encuentra la
doctrina social de la Iglesia, que se inspira, además en la razón, en la
revelación y en el Magisterio de la Iglesia. Se estructura en diversos niveles:
principios fundamentales, juicios de valor y directivas de acción. La doctrina
social de la Iglesia tiene como finalidad la instauración y la restauración del
orden social tal como es querido por Dios creador y revelado en Cristo. Quiere
transformar la sociedad de acuerdo a dicha doctrina para que sea digna del
hombre y del cristiano.
Por su parte, las Ciencias sociales filosóficas se asumen como
“filosofía social” y “ética social”. La primera se basa en perspectiva
aristotélica, oponiéndose al positivismo. Su método hermenéutico: interpreta y
comprende el fenómeno social. Por ello, la filosofía social va de lo
particular a lo general y viceversa, logrando el encuentro circular de lo
inductivo y lo deductivo en las nociones últimas de los fenómenos humanos. Al
respecto, Michael Ryan,
L.C. afirma:
La filosofía social, en cuanto filosofía,
estudia la esencia del fenómeno social, es decir, estudia sus últimas causas –
material, formal, eficiente y final -. Es una metafísica del ser social,
comienza ahí donde terminan las ciencias empíricas. (...) Es fácil reconocer la
importancia de una verdadera filosofía del hombre, ya que una filosofía falsa
seguirán consecuencias falsas.
Hija de la filosofía social y sobre su base epistemológica, la ética
social parte del criterio de que el hombre es ser social, que pese a su
individualidad se relaciona con el otro en quien halla significado y sentido
para su existencia, constituyéndose en comunidad: el hombre nace y se
hace en comunidad. pero el nacimiento y la construcción de una comunidad no son
espontáneos ni arbitrarios, dado que las personas son únicas e irrepetibles,
poseen voluntad e ideales propios, intereses y criterios personales sobre el
mundo, la vida y el ser; por ello la comunidad requiere unas normas mínimas
para la convivencia de la diversidad y de la diferencia. Son normas legales, de
justicia, o morales, en cuanto deber ser del hombre.
Se sigue que la norma moral, o del deber ser, deviene de los valores
humanos que buscan afirmar la vida y la especie, de modo que el hombre alcance
su plenitud. De allí parte la honestidad en cuanto acciones correctas y
coherentes con los valores humanos que buscan la virtud; las acciones
deshonestas van en contra de estos valores: afirman la muerte y aniquilan las
capacidades humanas, tendiendo al vicio. En tal sentido, Michael Ryan, L.C.,
plantea:
La ética social estudia el fenómeno social
en relación con la norma moral. El objeto material de la ética social es la
actividad y relación social delas personas físicas o morales. El objeto formal
es la rectitud u honestidad de tal actividad. La norma que mide dicha rectitud
es la esencia del hombre como ser social y la esencia de las instituciones
sociales fundadas en dicha naturaleza social del hombre. En otras palabras, la
verdad esencial estudiada en la filosofía social es, al mismo tiempo, vista por
la razón práctica como la norma moral de las acciones. La ética social, pues,
es el conjunto de consecuencias “prácticas” derivadas de la filosofía social.
LA SOCIEDAD HUMANA: ORÍGENES,
NATURALEZA Y FUNDAMENTO.
La ética social estudia y establece
los principios que iluminan al hombre y que se expresan en la naturaleza
social, el bien común, la autoridad y la subsidiaridad. No obstante, como
concepto equívoco, se entiende por sociedad diversas nociones propias de
tendencias distintas. Así, el concepto individualista plantea que la
sociedad no existe, propendiendo por el individuo y sus intereses y alejándose
del fin común del ente social. Por su parte, la tendencia colectivista
le da a la sociedad una existencia que trasciende al individuo, negando la
autonomía y la libertad de la persona. Estas perspectivas no abarcan la
totalidad del fenómeno. En el texto Ëtica Social, Michael Ryan, L.C.,
sintetiza el concepto de sociedad:
En resumen, podemos decir que la sociedad está orientada a una unidad,
que no es física, sino moral; que no es sólo interna, sino también externa; que
no es transitoria, sino estable; que no es sólo local – v.gr., la cárcel -,
sino intencional; que contiene un principio de autoridad que promueve la
unidad.
Indica además que toda sociedad posee
estas propiedades: 1. Pluralidad de personas – al menos dos -. 2. Unidos en una
forma estable y duradera. 3. Cooperando para la consecución de algún fin. Y 4.
Con un vínculo moral entre ellos. El primero alude al carácter plural: en la
sociedad las personas concurren en su dignidad, forjando un mundo diverso de
ideas, voluntades, intereses, ideales, etc.. El segundo precisa el carácter
histórico: la sociedad es un fenómeno inserto en el tiempo donde se construye y
se estabiliza. El tercero señala su carácter teleológico, precisando los fines
comunes de los asociados: el bien común. Y el cuarto indica los lazos que
estrechan la cohesión social, mediante principios y normas reguladores del
“deber ser”. En suma, y según Michael Ryan, L.C.,:
El sujeto es persona. La
sociedad como accidente no está en lo cualitativo, ni en lo cuantitativo, ni en
la acción, ni en la pasión, sino en la relación. No es sólo una relación de
similitud – lengua, color... -, ni la relación de subordinación a un
superior... sino una relación de orden. Y es una relación real –
distinta de una relación meramente mental – porque todos los elementos de que
consta son reales: el sujeto es real, el término es real, el fundamento es real,
pues es la naturaleza social del hombre que empuja a una real cooperación para
conseguir un bien que le es connatural.
Asimismo, la sociedad posee unos atributos que la delimitan en el
concepto y en su razón de ser: 1. La sociedad es un todo (“totum quid”). 2. La
sociedad es un organismo. 3. La sociedad es una fuente distinta de actividad. Y
4. La sociedad es sujeto de derechos y deberes. Por tanto, no se la concibe
como una reunión de personas ni como instrumento para que el hombre ejerza su
individualidad. Más bien, la sociedad es una totalidad porque sostiene, incide
e interviene en los asociados y en los estamentos que conforman su
organización.
A su vez, este sello de organización le dan una categoría de organismo o
de sistema: sus partes están articuladas de tal modo que le permiten sostener
una coherencia abierta y cerrada en sí misma. Por ello, más allá de las
acciones de las personas, la sociedad efectúa actividades específicas,
considerando que responde a unos ideales y fines propios. Se infiere que la
sociedad, sin ser persona (aunque sí persona moral) se responsabilice de unas
obligaciones propias y con sus asociados, pero también ejerza lo que para sí
merece y le corresponde. En síntesis, la sociedad es sujeto de derechos y
deberes. Según Michael Ryan, L.C.:
Después de explicar el sentido preciso de
los atributos podemos concluir que constituyen expresiones simbólicas o
metafóricas. No son verdaderas analogías. Sin embargo, en toda metáfora se
oculta un núcleo de realidad, y con él un resto de analogía. En el caso de la
sociedad y del organismo vivo el elemento más importante está en la teleología
de las partes. Aquí es donde sí hay un aspecto de analogía. De hecho, el
concepto de organismo ha sido siempre el concepto más idóneo y preferido, con
grande importancia en la teología también.
Sobre su origen, la sociedad hunde sus raíces en la naturaleza
del hombre, es decir, como constitutivo de la condición humana aparece una
fuerte tendencia que lleva a los hombres a establecer fuertes relaciones entre
ellos. Asimismo, la sociedad responde a la naturaleza del hombre por dos
grandes vectores: un origen remoto y un origen próximo. El primero se refiere a
la parte natural del hombre (creación de Dios), dada a priori,
relacionada con la experiencia y la reflexión filosófica. Por la experiencia,
el hombre edifica su destino y su existencia en el mundo y en sus
circunstancias. Eso lo lleva a relacionarse con otros, a establecer compañía y
ayuda mutua, en un sentido gregario o colectivo.
A su vez, este carácter colectivo es mediado por el lenguaje, que le
permite al hombre expresar y comprender ideas, sentimientos y voluntades. Sin
lenguaje no hay comunicación humana y sin ella no hay comunidad. Y en la
comunidad logra el hombre plenitud en los aspectos materiales y espirituales;
en la comunidad nace y se hace persona, siempre en un continuo devenir y
búsqueda de sus virtudes.
De allí se desprende la reflexión filosófica o la capacidad humana de
pensar, de razonar y de establecer una dialéctica entre el ser y el deber ser. Por ello el hombre está
en búsqueda de la excelencia (o plenitud de sus facultades) así como está
presto a que otros, en un sentido pedagógico, logren dicha excelencia. Aparece
así la solidaridad como la tendencia que lleva al hombre a comprenderse como
ser mortal, pero susceptible de perfeccionamiento y que se proyecta en el
“otro”, sin quien su excelencia no tiene sentido. El hombre es solidario porque
descubre en sí mismo la naturaleza humana y porque la descubre en los “otros”.
El origen próximo (o inmediato) se refiere a la parte específica de los
hombres, las facultades que le determinan y posibilitan sus acciones concretas
en el tiempo y en el espacio. Estas facultades son la inteligencia y la
voluntad. La primera (logos o ratio) le permite discernir el
mundo, pensarlo, ejercer la reflexión para alcanzar la intelección de lo que se
considera correcto. La segunda es el querer ser. Así, inteligencia y voluntad
le dan al hombre la libertad. Según Michael Ryan, L.C.:
Nosotros afirmamos las dos dimensiones en el
origen de la sociedad. Por tanto, el origen remoto –radical- de la sociedad se
encuentra en la naturaleza de la persona – y en Dios como autor de la
naturaleza.- El origen próximo e inmediato que determina la forma concreta de
la sociedad depende de las facultades específicamente humanas de la
inteligencia y la voluntad. Las sociedades no surgen sin el consentimiento,
implícito o explícito, de las personas. Así, es manifiesta la parte natural,
dada a priori, y la parte activa de los hombres en la formación de la
sociedad.
De lo dicho surgen los principios fundamentales de la vida social: 1. La
persona humana es el origen y el fin de la sociedad; 2. El principio de
solidaridad; 3. El principio del bien común; 4. El principio de subsidiaridad;
5. La dignidad del trabajo humano; 6. El destino universal de los bienes. Según
la persona humana como origen y el fin de la sociedad, toda persona
pertenece a la especie, poseyendo la razón y la voluntad, lo que le permite ser
libre, responsable y sujeta de derechos y de deberes: la persona es digna.
Sobre esa base, se erigen los derechos humanos que deben considerarse a
todas las personas sin discriminación.
La solidaridad obedece a la virtud dirigida a la interacción y la
interdependencia de las personas, siendo una actitud moral y axiológica en la
sociedad. Su tendencia fundamental es la defensa y la promoción del bien común,
como búsqueda del bienestar de los asociados, para que cada uno logre, bajo su
responsabilidad, la plenitud a la que aspira toda persona. En este sentido, y
por la sociabilidad, se establece una dialéctica de reciprocidad: la sociedad
se debe a la persona y la persona se debe a la sociedad. Al respecto, Michael
Ryan, L.C. dice:
Este principio ontológico (id quod est)
es también un principio ético (id quod debet esse). Los hombres
como seres racionales y libres deben ordenar sus acciones al orden objetivo. El
orden objetivo social pide aquella apretura de los miembros hacia la sociedad y
hacia el bien común, que es necesario para que puedan adquirir la perfección
que le es debido como imágenes de Dios. Eres social. Actúa socialmente. El
hombre debe actuar de acuerdo a la naturaleza social querida por Dios. Por lo
tanto, los miembros tienen deberes morales hacia la comunidad.
Este principio ontológico y ético, se
convierte también en un principio jurídico. La sociedad, como unidad de orden,
logra su fin mediante el derecho y la ley que ordena la actividad de todos
hacia el fin común y coordina los derechos de cada persona.
Según el bien común, las personas, las instituciones y la
sociedad deben buscar el bienestar de todos los miembros. Asimismo, es de
considerarse que la sociedad como ente distinto de sus asociados, tiene su
propio fin: el bien común, promovido para que los asociados hallen los medios
necesarios para su plenitud. Así, el bien común debe ser promovido por todos y
cobijar a todos, y todos, al desearlo, deben someterse a él. En las palabras de
Michael Ryan, L.C.:
El bien común es la organización de los
diversos elementos de las fuerzas sociales creando el conjunto de condiciones
que permite a todos los miembros buscar una plena existencia humana.
Según la subsidiaridad, debe considerarse la reciprocidad entre
las partes y el todo del ente social, sobre todo en lo concerniente a las
obligaciones o deberes. Así como los miembros deben subordinarse a la totalidad
para promover y conservar el bien común, la totalidad debe proveer a los
subordinados los elementos materiales y espirituales que les ayude a alcanzar
su plenitud. Ello tiene unas implicaciones prácticas, las que se estipulan en
el texto “Ética social”, de Michael Ryan, L.C. Así:
1.
Se
afirma la autonomía, el primado, la iniciativa y la responsabilidad de las
personas y de las sociedades inferiores.
2.
Se
prohíbe a la sociedad superior impedir aquella iniciativa o asumir funciones
propias de las personas y de las sociedades inferiores.
3.
Se
impone a la comunidad superior el deber de subsidiar a las inferiores, creando
las condiciones, etc., para que puedan realizar sus iniciativas.
El principio de subsidiaridad señala el carácter dinámico de la
sociedad sobre criterios de solidaridad. Así, el ente social es dinámico por
las fuerzas autónomas de sus miembros, pero reguladas y orientadas por
principios de autoridad y gracias a la voluntad quien desea plenitud y
bienestar, aspectos constituidos en la razón de ser de la sociedad y que
justifican el carácter social del hombre.
De allí surgen principios de orden metafísico, ético social y jurídicos,
entrelazados en la acción personal y social. El principio metafísico responde
al criterio de que la persona y la sociedad son libres de asumir su ley y de
ejercer su autonomía. El principio
ético social responde al criterio de que la sociedad se debe al carácter subsidiario,
para que sus miembros alcancen la realización querida. Y el principio jurídico,
responde al criterio de la justicia distributiva: la responsabilidad de dar a
cada quien lo suyo. En resumen, Michael Ryan,
L.C. afirma:
Aquí se funda también el pluralismo como
consecuencia de la concepción de la sociedad como organismo en el cual se
respeta el lugar, la función y la autonomía de cada parte. Esta concepción
orgánica de la vida social con su dinamismo interno, cuerpos intermedios,
concertación hacia el bien común forma un sub-principio importantísimo. Dicha
organicidad, a su vez, asegura otra cualidad esencial: la participación. Es un
punto importante y ocupa un puesto predominante en la doctrina social de la
Iglesia reciente. Su fuerza radica en el hecho de que la participación justa,
proporcionada y responsable asegura la realización de las exigencias éticas de
la justicia social.
Según la dignidad del trabajo humano, el trabajo es un valor y un
bien individual y social. Por el trabajo el hombre hace aquellas acciones que
afirman y realizan su ser. El trabajo, como actividad productiva en los
aspectos materiales y espirituales, se constituye en un fundamento de la
estructura social.
Según el destino universal de los bienes, toda la obra de Dios está
destinada para los hombres, así que, por el principio de justicia y de caridad,
todos los hombres deben disfrutar las obras de la creación, y también de las
obras humanas: ninguna criatura humana debe excluirse de los beneficios de la
cultura. Pero estos principios no son posibles si hay un vacío en la autoridad
social, como resultado de la acción social. Esta autoridad es una consecuencia
del orden social, por ello se funda en la naturaleza del hombre y de la
sociedad, siendo intrínseca a ella. Asimismo, por la autoridad social se da el
principio de unificación, tan necesario en la convivencia. Allí se sostienen
también los criterios de justicia y los fines pedagógicos indispensables para
la formación de los individuos.
Así, el origen inmediato de la autoridad está en la sociedad y el origen
remoto se halla en Dios. Al respecto, en el texto mencionado, Michael Ryan, L.C.
asegura:
(...) Si la sociedad exige necesariamente un
principio unificador que dirija las voluntades y las actividades de los socios
hacia el bien común, podemos decir que el origen inmediato de la autoridad
social está en la misma sociedad, que, en su esencia, requiere todo aquello sin
lo cual no puede subsistir. Como consecuencia las notas esenciales de la
autoridad se derivan de la misma naturaleza de la sociedad y son anteriores a las
determinaciones libres de la voluntad humana.
Dios es el origen último de toda autoridad
en cuanto creador del hombre y de su esencia social. En este sentido toda
autoridad humana es de alguna forma una participación de la infinita potestad
de Dios; cuando se manda legítimamente se hace en el nombre de Dios.
Según sus funciones, la autoridad debe conocer y determinar el fin y los
medios más aptos y justos para alcanzarlo. Debe tener la claridad para orientar
a los asociados. Debe diseñar las leyes y defender y coordinar los derechos y
deberes de todos. A su vez, los límites de la autoridad los determina, en lo
inmediato (leyes naturales), el bien común, y en lo remoto Dios (leyes
sobrenaturales). Otros límites los demarcan los derechos de los súbditos y de
los Estados, por tanto, la autoridad debe considerar la justicia y la
prudencia, sometimiento a su poder lo que pertinente a las acciones externas o
fuero externo. También, los socios deben obedecer a la autoridad en lo
relacionado con el bien común, considerando que cada quien puede adelantar sus
acciones personales conducentes al bien común.
HISTORIA
DE LA FILOSOFÍA POLÍTICA.
Para comprender el concepto y la validez de la ética social, se debe conocer
las nociones propias del fenómeno político y los diferentes momentos históricos
propios de la ética y de filosofía política. Al respecto, la cultura de
Occidente hunde sus raíces en la cultura greco-romana, la que le da paso al
medioevo para alcanzar luego la cultura moderna y después el mundo
contemporáneo. A continuación, se presenta un recorrido histórico de las formas
del pensar político.
EDAD ANTIGUA.
Grecia y el mundo helénico.
La filosofía griega presenta dos periodos: los presocráticos y la
filosofía clásica. Los presocrátiocos, o primeros físicos, quieren conocer el arché
de lo existente. Para la filosofía clásica y la sofística hay una
problemática compleja, cuyo centro es el hombre y sus acciones, surgiendo
conceptos como la ética, la política y la antropología, y que tendrán
tratamientos disímiles y diversos, no sólo por los sofistas interesados en la
política, sino por Sócrates, Platón y Aristóteles. Así, en la Grecia de
Pericles el hombre es el centro de la filosofía, a quien se le considera como
amante de la libertad e individualista, pero entregado al reconocimiento y
defensa de la polis, razón de ser de la vida ciudadana. Michael Ryan,
L.C.
dice:
Para los atenienses la libertad tiene una
dimensión más amplia que la política: es
derecho a hacer lo que se quiere. Es de cuño individualista. La
Democracia (Atenas, siglo V) se define como gobierno del pueblo, pero su
significado le viene más bien por su oposición a las tiranías y a las oligarquías
que por su concepto claro de pueblo. Se funda sobre la igualdad política, pero
no pone el problema de la igualdad social. Su carácter principal es la
participación activa de los ciudadanos en la vida pública. Quien evade este
deber es considerado como un inútil. Los poderes legislativo y judicial son de
la asamblea popular, preocupada sobre todo, después de amargas experiencias, de
evitar el abuso en el poder ejecutivo. Prefieren un poder no excepcional,
designándola a suerte y no escogiendo a los más capaces.
Sócrates, y distinto de los sofistas,
interesados en la política, el gobierno y el Estado (lo que incidirá en la
consolidación de la democracia griega), se preocupa por la interioridad y el
alma humana, y establece de una axiología, cuya cúspide es el saber, o máxima areté, propio de la condición humana que
desea obtener la excelencia. En el Diccionario mencionado, dice José Ferrater
Mora:
Muchos autores consideran
a Sócrates como fundador de una reflexión ética autónoma, aun reconociendo que
la misma no hubiera sido posible sin el sistema de ideas morales dentro de las
cuales vivía el filósofo y especialmente sin las cuestiones suscitadas acerca
de ellas por los sofistas.
Sócrates influye en Platón, quien
profundiza y sistematiza su pensamiento hacia un discurso total y coherente sobre
el mundo, la vida y el hombre. Este ateniense de 427 a. C., aborda temas como
el pensamiento, la antropología, la política, la ciencia y la ética, entre
otros. Su Teoría de las Ideas parte de un dualismo: la separación en el hombre
del cuerpo y el alma, donde ésta pervive antes del nacimiento y después de la
muerte del cuerpo, el que se torna en la cárcel del alma, siendo mortal,
mutable e imperfecto. Así, la esencia del hombre es el alma, expresada en las
ideas, las que deben cuidarse y cultivarse mediante el ejercicio
de la razón para retornar al Demiurgo
o Mundo de las Ideas. Distinto del mundo de los sentidos, el Demiurgo es perfecto, inmutable y
eterno, de donde se infiere una axiología rigurosa para el hombre griego que
busca la perfección y el bien.
Sobre política, Platón propone un sistema perfecto erigido sobre la
justicia, para una ciudad que propicie la formación de ciudadanos buenos. Está
convencido que ante el vicio siempre triunfa la virtud. Por ello propone un
Estado estructurado sobre tres elementos: Los filósofos-reyes: (de ambos
sexos), Esta clase, resultado de una paideia rigurosa, comporta el saber
y se encarga del gobierno de la República. Los Guardianes, que comportan
la virtud de la valentía, se materializan las órdenes de los gobernantes y
defienden la ciudad: constituye un ejército. Los campesinos y artesanos,
que comportan la virtud de la moderación, sostienen económicamente al Estado. Michael
Ryan, L.C. dice:
En su edad madura (Las leyes) Platón
ya no busca un Estado ideal sino el mejor Estado posible. Cae en la
intolerancia respecto a la libertad religiosa – dura represión al ateismo -; su
anterior abolición de la propiedad privada para la clase dirigente queda
mitigada y pasa al concepto de “todos propietarios”; la aristocracia agraria
sería la base de la ciudad. Propone una vida cotidiana minuciosamente
disciplinada con rigurosas normas de moralidad privada, comidas en común,
prohibición de ir al extranjero, delación obligatoria entre los ciudadanos. En
fin, un sistema rigidísimo, consecuencia en parte a las desilusiones políticas
sufridas.
A su vez, Aristóteles construye una
filosofía opuesta a su maestro Platón. Plantea un hylemorfismo para explicar la esencia del universo y del hombre: la
materia posee una forma y la forma es inherente a la materia; así, el cuerpo es
la materia y el alma es la forma, siendo las dos entidades expresiones de la
misma esencia. En el hombre el alma es la razón, y el alma sensitiva y
vegetativa, herencia de animales y vegetales. Por ello, interesado por las
acciones humanas, Aristóteles profundizará en las dimensiones individuales y
sociales, en lo público y lo privado, elaborando asombrosas teorías sobre la
ética y la política, y que aún hoy son claves para la comprensión del hombre y
la sociedad. Dirá Michael Ryan, L..:
De su concepción ética del bien, como “vía del medio” entre el bien y el
mal absoluto, deriva la fórmula política ideal: democracia moderada, fundada
sobre la clase media, fiel a las leyes y lejos de los excesos. Aristóteles tiene
confianza en el valor de la mayoría, pero toma en cuenta el mérito.
Sobre la ética (o ethos) Aristóteles señala el telos o fin último como la razón de ser o el ideal al que tiende la
condición humana. Este telos es la
excelencia o plenitud de las capacidades humanas. Así, por las acciones
habituales honestas y la libertad guiada por la razón, el hombre se aproxima a
su forma más humana. Por ello propone un arte de vivir o del vivir bien,
bienestar que también debe ser propio de la comunidad y que denominará política, o arte de vivir con los demás.
En tal orden, la ética y la política son dimensiones relacionadas dado que se
dirigen al mismo fin: el bienestar del hombre. Para el Estagirita el hombre es
social, y se debe a la comunidad tanto o más que así mismo. Michael Ryan, L.C,
afirma:
Para Aristóteles el hombre es un animal
político – de “polis”-, porque el hombre tiende por naturaleza a vivir en, por
y para la polis: comunidad perfecta. Por tanto, vivir en la ciudad no significa
un mero “estar en” o “instalarse en”, sino que conlleva una tarea, un deber
ético.
La importancia de la ética para la
comunidad y la sociedad radica en la necesidad de establecer unas regulaciones
sobre las costumbres acogidas por todos y sobre las acciones conscientes y conducentes
al mejoramiento del ser colectivo e individual. De allí surge la ética
política, de modo que no se puede abordad la política sin considerar la ética,
y viceversa. Dirá Aristóteles en
su Política:
Ya que vemos que cualquier
ciudad es una cierta comunidad, también que toda comunidad está constituida con
miras a algún bien (por algo, pues, que les parece bueno obran todos en todos
los actos) es evidente. Así que todas las comunidades pretenden como fin algún
bien; pero sobre todo pretende el bien superior la que es superior y comprende
a las demás. Esta es la que llamamos ciudad y comunidad cívica.
Estos postulados sitúan la ética y la
política en la esencialidad de la condición humana, provocando la comprensión
de los sistemas sociopolíticos, y más si se les asuma de la reciprocidad entre
el individuo y la sociedad para el surgimiento del estado. En su búsqueda de
recrear y crear la cultura para su beneficio, el hombre traza formas sociales
plegadas a sus intereses. Así, los sistemas sociopolíticos son dinámicos y
tienen un carácter histórico. Por ello, su reflexión no alcanza aún la
profundidad que se conoce en la época moderna.
Roma y el cristianismo.
Una vez la civilización griega es absorbida por el imperio romano, su
fuerza pierde toda dirección y se ampara en la nostalgia, por tanto el interés
por la ética y la política se pierde. El imperio romano deviene en condiciones
económicas, políticas, sociales y culturales propias, por eso son otras las
preguntas que llaman a los filósofos. Pero en la política el imperio romano
necesita establecer reglas de juego con sus nuevas colonias, de modo que el
Derecho se constituye en objeto del pensar filosófico. En el texto “Ética
social”, Michael Ryan, L.C.,
dice:
Graves fenómenos sociales agravaban la situación de la República: había
dos grupos nuevos inquietos: una clase media desangrada por las guerras y por
la competencia con las grandes propiedades senatoriales se iba convirtiendo en
proletaria, y los nuevos ricos – los odiados recaudadores de impuestos –
reclamaban parte del poder del senado. Tiberio y Cayo Graco perderán la vida en
el vano intento de hacer una reforma agraria en contra de los intereses
patricios. Pocos años después se tendrán las revueltas de los esclavos.
Cicerón es representante del
pensamiento filosófico del Derecho y de la Roma republicana; toma una posición
mediadora entre la oligarquía y el partido popular. Sobre la “ley natural” dice
que de la relación de la recta razón y la naturaleza emana la verdadera ley, la
que deben atender los hombres, puesto que es eterna y universal. Por ello, no
hay modo de evadir la responsabilidad debida: pervive siempre en las acciones
de los hombres. Michael Ryan, L.C.,
puntualiza:
Esta concepción de ley
natural constituye una elevación por encima de lo particular y lo contingente,
hasta un ideal universal y necesario de conducta, que describe de qué manera
uno debe comportarse para ser verdaderamente hombre. Está por encima de la ley
humana. Aquí Cicerón hace la clara distinción entre ius y lex,
distinción fundamental para toda la filosofía social y para el tema de los
derechos humanos.
Y Roma deja la república y acoge la
monarquía absoluta de los emperadores; allí se rinde culto a Roma y a la
personalidad. No obstante, con Vespasiano (a. 69) empieza una línea política
distinta, caracterizada por la amplitud y la integración del imperio romano:
asumen el poder los nobles de la provincia, obedeciendo a una tendencia más
moral (estoica) que política, por la intención de posibilitar la participación
de todos en los intereses del imperio.
En el siglo I los cristianos se someten al Estado, pero en el siglo II
logran las clases elevadas, provocando el problema de conciliar la fe y la
política, o la fe y el Estado. Se genera así un cambio en la perspectiva
filosófica, dado que rompe con el modelo anterior de la ley positiva. En
consecuencia, y a partir del Edicto de Milan (a. 313) el poder civil de Roma le
da derechos a la Iglesia y la llama en su auxilio. En relación con este
problema, Michael Ryan, L.C.,
dice que:
Se resolverá diversamente en Oriente y Occidente. En Oriente se lleva al
límite la teoría del origen divino del poder político. Un pensamiento
neoplatónico conduce a la idea de un orden social querido por Dios, del cual el
monarca es imagen y expresión. En esa línea la herejía ariana subordina el
Verbo al Padre, haciéndolo la primera creatura para luego decir que el Logos
“fortifica al príncipe con su soplo, lo ilumina con su revelación, le participa
su virtud”. No es de maravillarse que partiendo de estas premisas el emperador
intervenga en Oriente en la designación episcopal e, incluso, en cuestiones
dogmáticas. Pero, a partir del siglo IV, la Iglesia comienza a tomar posición
frente a ciertas cuestiones con carácter social-político: los esclavos, la
pobreza (cf. Gregorio de Nisa, Juan Crisóstomo).
Ahora bien: Occidente carencia de
autoridad civil, por lo que la Iglesia se obligó a ingresar en espacios como el
ejercicio del poder y de la política. Se menciona el caso de San Anselmo y la defensa
de San Agustín.
EDAD MEDIA.
Sobre la cultura grecorromana se erige
el Medioevo (del Siglo II al Siglo XVI d. c.) Posee sus condiciones económicas,
políticas, sociales, culturales y espirituales y sus problemas y preguntas
sobre la ética política, por ejemplo, el equilibrio Iglesia-Estado. En el
debate, y durante siglos, la Iglesia afianza su poder. Así, en el siglo VIII el
papado tiene más poder y se ve obligado a intervenir en lo socioeconómico. Ya
en los siglos XII, XIII y XIV la Iglesia ha alcanzando su afianzamiento en lo
espiritual y en lo temporal, y ello gracias al fenómeno retardatario del
feudalismo.
Es de señalar que la Iglesia lidera la
cultura de la época mediante los monasterios y las universidades, espacios
privilegiados para el juego de las ideas. Asimismo, orienta la construcción de
las catedrales y las cruzadas. Estas condiciones permiten en el Siglo XIV el
renacimiento urbano, promoviendo la laicización del poder político y los nuevos
derechos de la ciudad. Debe precisarse que en las universidades, y desde el
siglo XII, se impulsa el estudio del Derecho Canónico, abordando la polémica de
la dualidad y autonomía de los poderes y el primado del poder espiritual. En
esta confrontación participará Santo Tomás de Aquino.
En este contexto aparece un pensador
que determinará en buena medida la filosofía de la alta escolástica,
cuya obra alcanza la cumbre del Renacimiento Filosófico del Siglo XIII: Santo Tomás de Aquino (1224-1274).
Influido por Aristóteles y la obra platónica y neoplatónica, santo Tomás hace
una síntesis monumental, conocida en occidente como Aristotelismo Cristiano. Allí,
este pensador determinará las acciones que unen al hombre con Dios: el ligare (Uno en Dios), el apartamiento
(la vida terrenal) y el religare (religión)
como retorno a Dios y a la eternidad. En seguida, asume una posición moderada
sobre el problema de los poderes, indicando que la salvación del alma se da en
la obediencia al poder espiritual y que el bien de la ciudad se debe al poder
temporal, sobre el que la Iglesia no debe intervenir. No obstante, señala que
ambos poderes hallan su fin en Dios. Traza un esquema racional de tal magnitud
(Dios, naturaleza, hombre) que allí hallan su lugar la sociedad y la autoridad
civil. Michael Ryan, L.C.,
afirma:
La concepción de una
sociedad, tal como la que había transmitido la tradición cristiana, era, para
santo Tomás, eterna. Podía haber controversias, pero las discrepancias no
podían producir cambios esenciales en aquella. Su filosofía trató de encontrar
las razones de esa concepción, de construir un esquema racional de Dios, de la
naturaleza y del hombre, dentro del cual encontrasen su lugar debido la
sociedad y la autoridad civil. En este sentidola filosofía de santo Tomás
expresa en la forma más madura las convicciones, tanto morales como religiosas,
en que se fundaba la cultura medieval.
Santo Tomás asume la gnoseología de la
alta escolástica y reúne la tradición de la Edad Media, afrontando la
diversidad y divergencia de las ideas. Por ello, su obra lo ubica más allá de
las escuelas y lo señala como fuente de distintos posibles en la filosofía, la
teología y la ciencia, donde la fe es la realización plena de la razón y del
conocimiento. Asimismo, concibe el universo como una jerarquía que va de Dios a
todos los seres, y cuya esencia es la subordinación a un fin.
Sobre la vida social y política surge
una visión sistémica de la naturaleza, dado que ve la sociedad como un sistema
de fines y propósitos: cada parte juega su papel y se articula entre sí y con
el todo, buscando la vida buena. Así, la sociedad actúa por los intercambios y
los aportes del trabajo de las partes (individuos y clases) rigiéndose por el
principio de que lo inferior sirve a lo superior, de quien recibe orientación.
Este principio le permite al individuo y a las clases interactuar en un marco
jurídico externo, cuyo fundamento es el bien común pre-establecido y designado
por Dios, poseyendo un valor sagrado. Michael Ryan, L.C.,
puntualiza:
Esta concepción
teológico-histórica, unida a la creencia de que el imperio romano cristianizado
constituiría el último estado en el desarrollo de la humanidad, da al sistema
su estabilidad: no vale la pena pensar en una modificación del orden existente.
Los que aleje de ese orden será malo y será castigado en el juicio final
delante de toda la humanidad.
Sobre la base de estas
deas, el concepto aristotélico del bien común recibe un valor social
acrecentado y funda no sólo una construcción jurídica, sino también una
doctrina y una ética de la sociedad.
Su concepción de gobierno también es
holística y responde al bien común, siendo el interés del gobernante conducir
las acciones de sus subordinados hacia el logro de la vida feliz y virtuosa.
Asimismo, como en la relación alma-cuerpo, el gobierno es una magistratura de
la comunidad, de modo que para ser legítimo el ejercicio del poder debe
obedecer a los límites que le designa la ley. Y sobre la ley halla una fuerte
relación entre ley humana y ley divina: la primera es parte del gobierno divino
que lo rige todo, por tanto su finalidad, más allá de regular las relaciones
humanas, es el bien común. A su vez, la ley humana es un corolario de la ley
natural porque la sociedad es apenas un periodo de transición hacia la eterna
contemplación de Dios. A propósito, Michael Ryan, L.C.,
afirma:
La voluntad arbitraria no
tiene nada que ver ni en la naturaleza ni en la sociedad. Ambas están
gobernadas por razones o fines más bien que por fuerza. Santo Tomás no pensaba
en una voluntad divina o humana que hiciese la ley mediante un fiat, ni
en la naturaleza ni en la sociedad. Sus cuatro formas de ley son cuatro formas
de razón, que se manifiestan en cuatro niveles distintos de la realidad
cósmica, pero que constituyen una sola razón en todos ellos. Los nombres que
les dio santo Tomás fueron ley eterna, ley natural, ley divina y ley humana.
En suma, santo Tomás define la ley como “la ordenación de la razón para
el bien común, hecha por quien tiene a su cargo el cuidado de la comunidad y
promulgada solemnemente”. Por ello, y acerca de los Derechos humanos, propone
la tesis de la libertad religiosa, precisando que los padres deben educar a sus
hijos en la religión que consideren correcta.
Por su parte, Dante será partidario de
la Monarquía universal: considera el imperio como la mejor forma política
porque promueve la paz y porque allí confluyen dos autoridades designadas por
la Providencia: sacerdotium e imperium. Sin embargo, sobre el
gobernante asegura que recibe el poder directamente de Dios, de modo que no
posee superior humano, estableciendo una independencia con la Iglesia y
mostrando un primer síntoma de decadencia de este periodo: la ruptura entre
razón y fe, o lo espiritual y lo material. Así, los gobiernos no debían
intervenir en los asuntos de la fe y la fe no debía intervenir en los problemas
del Estado. De allí surgió la fragmentación de la cristiandad, además por la
fracción de los estados nacionales europeos. En el texto mencionado, Michael
Ryan, L.C., precisa:
En el siglo XIV, con la
transferencia de la sede papal a Avignon, se atiza la contraofensiva del poder
laico contra el eclesiástico. Diversos pensadores animarán este proceso. El
ataque más virulento lo conduce Marcelino de Padua; afirma que no hay
poder espiritual fuera de los laicos. Guillermo d´Ockham busca reformar
la Iglesia separando su acción de la del Estado. John Wycliffe, profesor
en Oxford, exalta el poder temporal y aforma que si el “dominium” civil es
incompatible con el estado de pecado, esto vale también para el estado
eclesiástico. En la misma línea hablará Hus; el pontificado es inútil.
EDAD MODERNA.
El Renacimiento abre tiempos de
novedad y un movimiento en muchas direcciones, como la renovación de lo
antiguo, dándole a esta época su nombre: se rescataron valiosos elementos de la
cultura greco-romana, manifiestos en los libros y en el arte. Hubo un regreso
al platonismo y al aristotelismo.
Nace la modernidad en la consolidación
de las monarquías y las naciones soberanas y en la expansión del comercio. Se
propaga el racionalismo y se dan guerras civiles y de religión. Asimismo, y ya
definida en el siglo XV, la modernidad genera nuevas interpretaciones sobre lo
jurídico y la soberanía, y que tienden hacia el derecho natural, racionalista,
alejado de la metafísica. Además, se instaura el pensamiento empírico,
influyendo en el pensamiento político.
Deben considerarse los avances
culturales e intelectuales: el descubrimiento de América, el renacimiento,
Reforma protestante y guerras de religión en el siglo XVI; consolidación de las
monarquías, desarrollo económico, consecuencias de la Reforma, influencia de la
ciencia en la política, en el siglo XVII; consolidación de la burguesía,
influencia de la biología y la teoría de la evolución en la política, el Siglo
de las luces, la Revolución Francesa, la independencia de los Estados Unidos y
auge de la opinión pública y el debate político público y privado, en el siglo
XVIII.
Precursores.
El tema del poder le llamó la atención
a la ciencia y abrió la necesidad de una nueva idea de hombre de Estado. Por
ejemplo, Niccolo Machiavelli (1469-1527): Su filosofía del
hombre, del derecho y del Estado es una consideración mecánica-cuantitativa de
la naturaleza. Su libro El Príncipe es una formula sobre la jugada
oportuna en cada situación de las fuerzas políticas. Los hombres son cuantos de poder, incluyendo al
príncipe. Michael Ryan, L.C.,
precisa:
La tesis de base de Il
principe es “el fin justifica los medios”. Es licito usar todos los medios
para lograr el éxito. Aunque el libro no es a propósito anticristiano, sí
critica el cristianismo en cuanto que las virtudes que propone debilitan a los
ciudadanos y al Estado mismo. Lo que hace falta es la “virtud”, entendida como
valentía. El método que usa es partir de ejemplos históricos para establecer
criterios para la política. Es un buen testimonio de la política pragmática de
su tiempo.
A este pensador se opone Erasmo
de Rótterdam (1457-1536) quien establece relaciones de sentido entre la
moral y la política, siendo partidario de de que el príncipe se forme en los
valores y los principios humanistas. Se opone a la guerra. Se le considera un
humanista del Renacimiento. En esta perspectiva, aparece Tomás Moro
(1480-1535) humanista, idealista y santo. En su "Utopía" precisa un
ideal político y social desprendido del platonismo y del modelo monástico
cristiano.
A su vez, Francisco de Vitoria
(1480-1546), su doctrina busca aplicar los principios cristianos y tomistas a
la condición humana, realzando la dignidad de la persona como fundamento de su
sistema jurídico. El hombre posee la capacidad de llevar a plenitud sus
potencialidades en una proyección libre y abierta, en claro servicio a la
república y al bien común. El bien común, la potestad civil y la comunidad
universal son bases sobre las que se erigen el respecto y la dignidad de las
personas. Plantea el problema de la guerra, sólo justificándola cuando hay
injuria de un estado sobre otro. A partir de allí se perfilan la teoría de los
Derechos Humanos y lo que hoy se conoce como el Derecho Internacional
Humanitario. Vitoria señala las inconsistencias jurídicas y las injusticias de
unos estados sobre otros, en especial el descubrimiento de América. Dirá Michael
Ryan,
L.C.:
Francisco de Vitoria formula la Carta Constitucional de los Indios. Su
tesis vino a articularse sobre tres principios claves: el derecho fundamental
de los indios a ser hombres y a ser tratados como seres libres, el derecho
fundamental de sus pueblos a tener y defender su propia soberanía, y el derecho
fundamental del orbe a hacer la paz y colaborar en bien de ella y la
solidaridad internacional.
En otra línea, Lutero y la
reforma protestante, influirán la política de la época. Parte de la
tesis de que, por el pecado, hay una separación entre lo espiritual y lo
temporal: la política se opone a los valores espirituales, por eso el estado
eclesiástico no debe considerarse. Aparece la figura de la Iglesia invisible.
Además, la reforma vitaliza las ideas liberales que se consolidan sobre
criterios como que la finalidad del Estado debe limitarse al orden y a la
prosperidad de la sociedad, sendo el pueblo la máxima autoridad. En el mismo
orden Juan Calvino (1509-1564) propone un “Estado de Autoridad”,
basado en la obediencia al poder que procede de Dios. Se desprende el criterio
de la convivencia de la libertad cristiana con la servidumbre civil: la
posibilidad de acción del cristianismo en el mundo secular sobre la base de una
política racional.
Por su parte, los representantes de la
contrarreforma se enfrentan al absolutismo monárquico: Roberto
Bellarmino (1542-1621) afirma que aunque la autoridad sea espiritual,
el Papa puede oponerse en el campo político a lo que amenace la salvación de
los cristianos. Luis Molina (1535-1600) dirá que la deposición de
un príncipe herético es un deber impuesto al pueblo por voluntad del pontífice.
La ciencia política.
A partir de esos conceptos de política
se consolida un conocimiento más riguroso, de modo que, en perspectiva
epistemológica, se empieza a constituir en ciencia. Jean Bodín (1557-1638)
pone los cimientos de esta ciencia, destacándose la familia como la institución
básica de la sociedad que permite el ámbito privado del hombre. Sobre la
estructura familiar propone un poder soberano paternalista.
Juan Althaus (1557-1638) indica que los fundamentos
del Estado son los grupos intermedios; propone integrar la sociedad en
federaciones donde confluyan regiones y ciudades autónomas. Sobre esta
estructura sitúa el origen de la soberanía en el pueblo: el rey es delegado
sujeto a las leyes y a las reglas pactadas. Estos planteamientos anuncian ya la
teoría del contrato social.
En otro orden, el teólogo y jurista
español Francisco Suárez (1548-1617). Piensa que la autoridad social no
procede de la familia sino de la naturaleza social del hombre, fundada en el
orden natural y originario de la creación: antes del pecado original. Por eso
sitúa a la comunidad en el plano de la naturaleza. Asimismo, y distinguiendo
entre lo temporal y lo espiritual, considera que el Estado va más allá del
encuentro entre voluntades, concibiendo la sociedad como una unidad orgánica de
individuos libres y conscientes, quienes se asocian para alcanzar el bien
común, entendido como el bien material: objeto último de la felicidad política.
También plantea que la soberanía es
una institución de derecho natural y en clara dependencia de la libertad
humana, por lo que la comunidad debe respetar los pactos y acuerdos. Asimismo,
si bien la delegación del poder al rey es irrevocable, el poder eclesiástico
trasciende el civil (el espíritu sobre la materia) sin que halla una autoridad
directa ni se confundan los poderes. Postula, además, un concepto empírico del
derecho de gentes, señalándolo como obligación absoluta a raíz del derecho
natural. Por ejemplo, no se puede imponer una ley internacional a las
comunidades nacionales, aunque se promueva la solidaridad universal, dado que
el universalismo es cristiano en el espíritu, pero no el dogmatismo.
La teoría iusnaturalista.
A propósito de la ciencia política, el
siglo XVII se caracteriza por el alejamiento de la filosofía política de la
teología: los problemas humanos empiezan a salirse de la controversia
religiosa, secularizándose las interpretaciones de los intelectuales que ahora
estudian a los clásicos: estoicismos, platonismo y aristotelismo, sobre todo.
Además, los avances de las ciencias naturales influyen en las disciplinas
interesadas en los asuntos sociales; estos asuntos se asumen ahora como
naturales, de modo que se les aplica los métodos físico-matemáticos. En suma,
la filosofía política se impregna de racionalismo
y de empirismo.
En este contexto Hugo van Grotius
(1583-1645), uno de los clásicos del derecho de gentes y del derecho natural,
escribe su gran obra sobre el derecho de la guerra y de la paz; es un compendio
del derecho y de la filosofía del derecho, donde es posible establecer la
dignidad y la libertad del hombre mediante el recurso de un derecho que es
superior a toda legislación humana. A su vez, Samuel Pufendorf (1632-1694),
teórico del derecho natural, plantea que éste es necesario e inmutable y
deducido de la naturaleza de las cosas. Basado en los filósofos griegos y
latinos, postula que toda ley procede de una autoridad superior (Dios u
hombre), de manera que el derecho positivo adquiere un valor racional.
El pensamiento político inglés.
Inglaterra le da a la modernidad un
buen número de filósofos comprometidos con la corriente empirista, la que
influye en el pensamiento político de Europa. Uno de ellos es Thomas
Hobbes (1588-1679), quien rompe, por un lado, con la filosofía clásica
griega (Aristóteles y Platón) aceptada por Occidente; y por otro, recupera
otras tendencias de la filosofía antigua, las originarias del materialismo y al
naturalismo (Demócrito y sofística). Precursor del naturalismo moderno, propone
una una nueva forma de materialismo y de naturalismo, constituyéndose en aporte
determinante para el materialismo de la ilustración, el materialismo científico y dialéctico del Siglo XIX, encabezado por
el filósofo alemán Carlos Marx.
Hobbes se interesa por las leyes que
rigen la materia y de la naturaleza. Concibe estas leyes como categorías
inmanentes al hombre y directrices de las acciones humanas y sociales.
Asimismo, explica la inmanencia entre cuerpo y pensamiento, y las leyes de la
naturaleza humana en perspectiva individual y en relación con el ser político:
ciudadano y Estado. A propósito, dirá Michael Ryan[35],
L.C.:
El soberano es el órgano del Estado y de la Iglesia al mismo tiempo. Es
una soberanía absoluta, si bien según la razón, por tanto, no es arbitraria. El
Estado, el Leviatán tiene la apariencia de un gigante cuya carne son aquellos
mismos que lo han creado para defenderse. Un gigante relativamente bonachón,
simboliza la suma de los intereses y la rigurosa unidad: nada de fracciones,
partidos, cuerpos intermedios. Hobbes exalta las virtudes burguesas como la
prudencia, la medida... y no aquellas virtudes aristocráticas de la gloria y el
honor.
Por su parte, los Levellers ( 1647-1650),
movimiento de artesanos y pequeños propietarios, buscaban la igualdad civil y
política, sin buscar la igualdad por la abolición de la propiedad. Su ala
radical, Los Diggers, querían reformas sociales y económicas sobre la base de
la superioridad de la propiedad comunitaria. Anticlericales y admiradores de
cristo, rechazaban la revolución violenta.
A su vez, John Locke (1632-1704),
empirista y Padre del liberalismo moderno y burgués, defenderá la propiedad y
un poder eficiente y libremente aceptado que permita la libertad individual,
pero sometida a la mayoría. También, el Estado natural es casi social, pero
carece de autoridad jurídica, por lo que los hombres buscan una sociedad
política que asegure la libertad por la autoridad. Así, el fin del Estado es
jurídico y busca la felicidad: la paz, la armonía, la seguridad y la libertad.
Entonces la sociedad se instituye mediante un contrato social libre para la
protección del derecho a la vida, a la propiedad y a la libertad; de no
observarse respeto por las reglas los ciudadanos pueden levantarse y exigirle
al príncipe su cumplimiento. Por ello, el poder legislativo es supremo y el
poder ejecutivo es limitado. Ahora bien: partidario de un cristianismo
razonable, separa lo espiritual de lo temporal, tendiéndose por la libertad
religiosa. Dirá Michael Ryan,
L.C.:
Locke tudo mucha
influencia en el tema de los derechos humanos. Escribió una famosa Carta
sobre la tolerancia en 1698. En 1598 se había promulgado el Edicto de
Nantes que garantizaba la libertad para católicos y hugonotes; pero en 1685 fue
revocado y se provocó un retraso serio en la causa de los derechos humanos.
Todo el siglo XVII estuvo lleno de guerras de religión que se caracterizaron
por su extrema brutalidad –v.gr. la Guerra de los Treinta años de 1618 a 1648
que terminó con la Paz de Westfalia reconociendo libertad de religión para las
minorías-. La carta de Locke, aunque es notable como defensa de los derechos
humanos, excluía, sin embargo, a los católicos. Esto demuestra que el tema de
los derechos estaba todavía muy débil. Locke tuvo mucha participación en la
rebelión que puso a Guillermo de Orange en el trono, y se convirtió en el
defensor de esa revolución y de la Carta de los Derechos (Bill of Rights) a
la que dio origen. Este documento, junto con el Habeas corpus (1679) y
la Carta Magna (1215), se considera como un hito en la historia del
reconocimiento de los derechos humanos en la ley inglesa.
David Hume (1711-1776), empirista, cuestiona el
derecho divino y la ley natural eterna. Asume que la base del gobierno es la
costumbre conducente al respeto por conveniencia de intereses: la utilidad mide
las instituciones. Apartado del concepto de contrato social, propone la
educación del pueblo para contrarrestar las organizaciones de masas. Y Adam
Smith (1723-1790) empirista y fundador de la economía política, dice
que la verdadera riqueza es el trabajo y señala las ventajas de la competencia
y el ahorro. Asimismo, más allá de toda disciplina, indica que el deber del
Estado es facilitar la producción, mantener el orden y la justicia y proteger
la propiedad.
Asimismo, Thomas Robert Malthus (1766-1834),
partidario del liberalismo, busca la libertad y el bienestar, pero limitando la
cantidad de beneficiarios: los pobres deben asumir el celibato porque los ricos
no están obligados a darles trabajo. Pero Con Jeremy Bentham (1784-1832)
el utilitarismo inglés, burgués y moderno alcanza su más alta expresión. Es una
filosofía mercantil que, al tiempo, quiere consolidar el orden mediante el
control del individuo: cárceles, procedimientos legales, organización jurídica,
etc. El Estado debe reducirse a las funciones jurídicas y no económicas,
excepto la seguridad de la propiedad privada. Es partidario de un autoritarismo
democrático, proponiendo el sufragio universal y la soberanía popular. Asimismo,
señala la democracia como mecanismo conciliador de los intereses del soberano y
los intereses de la aristocracia del dinero.
El pensamiento político en Holanda.
Su principal representante es Benedict
Spinoza (1632-1672), quien se preocupa por el ser, la naturaleza, el
conocimiento y el espíritu, promoviendo la razón como contraria al miedo y al
odio. Plantea que los problemas político y religioso son dos caras de la misma
moneda, por lo que cada quien debe ejercer la libertad y la religión según su
criterio. Su visión política busca la tolerancia y la libertad, donde ésta es
un derecho de naturaleza; así, los súbditos tendrían derechos inviolables. Por
eso, el gobierno monárquico, el soberano es intérprete del derecho civil y
sagrado y el gobierno democrático se identifica más con la idea de Estado
natural.
El pensamiento político en Italia.
Giambattista Vico (1668-1744), rechaza el individualismo
y el utilitarismo del siglo XVIII: la utilidad no es principio explicativo de
la moralidad sino la expresión de lo caduco del hombre. Así, busca el orden
eterno de las cosas del que depende el destino de las naciones, postulando que
luego de las democracias las naciones volverán a la monarquía. Asegura que el
progreso y la historia no son lineales sino espirales. Y lejos del empirismo,
busca las fuerzas oscuras, los sentimientos, los mitos y leyendas con su
imaginación y poesía, señalándolo como pre-romántico.
El pensamiento político en Francia.
El Cardenal Richeliu (1585-1642), hombre de acción, mantiene
con firmeza el poder y lucha contra la aristocracia, el feudalismo y las
guerras de religión. Busca la síntesis entre ética y política. Propone en el
Estado el primado de la razón, pero platea que el poder del soberano debe
basarse en la fuerza. Asimismo, dice que el
clero es el primer orden del reino y debe estar al servicio del rey. A
su vez, René Descartes (1596-1650), plantea que el progreso social debe
realizarse mediante un proceso ético: la moral del sabio es diferente de la
moral del príncipe porque sus responsabilidades justifican la superación de las
normas comunes.
Blaise Pascal (1623-1662), partidario del jansenismo
(obedecer y despreciar), se opone a la centralización monárquica y a la
relación catolicismo-poder. Dice que la justicia necesita la fuerza para
imponer el orden y la paz. Distingue entre justicia y caridad, destacando ésta.
Por su parte, Jacques Bossuet (1627-1704), señala la política y la historia
como corolarios de la fe. Concilia la visión providencialista con un
determinismo: necesidad de orden y legitimidad de los poderes constituidos.
Defiende la autoridad porque su origen está en Dios. Asimismo, el Arzobispo de
Cambrai, Francois Fénelon (1651-1715) traza un plan ideal del régimen a
partir de la utópica Salento: sociedad aristocrática, jerárquica y estable,
gobernada por consejeros; austera, rural y antmercantilista, refleja un
espíritu universalista: la humanidad trasciende la patria, la familia y el
sujeto.
Charles-Levis Montesquieu (1685-1755), aristócrata liberal,
admira y divulga la constitución inglesa. Precursor de la sociología por la
relación entre la legislación y los caracteres ambientales de un país:
costumbres, clima, religión, comercio, etc. Propone la separación de los
poderes (no deben estar en las mismas manos) y la armonía de los poderes:
soberanía conjunta del rey, el pueblo y la aristocracia. Opuesto al despotismo,
propone la descentralización, señalando la utilidad de los parlamentos y la
nobleza. Piensa que la verdadera reforma debe ser intelectual y moral.
Relaciona la libertad con la seguridad en el sentido de que ésta provee los
elementos de la subsistencia. En últimas, propone un socialismo de estado de
tipo patriarcal, en donde el legislador debe poseer la virtud de la moderación
Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) inicia el romanticismo.
Logra un contraste entre hombre natural y hombre artificial, tendiéndose por el
primero y proponiendo la figura de El Buen Salvaje. Su obra es una crítica a la
sociedad (sobre todo francesa) y a la civilización europea basada en el
racionalismo abstracto. Por ello, opone
a la inteligencia los sentimientos amistosos y benévolos, la buena voluntad y
la reverencia, señalando que el valor de la vida está en las emociones comunes
o en los instintos y criticando el racionalismo y la ilustración porque
destruyen las virtudes, la fe y la religión. Así, plantea que la ciencia es el
fruto de la curiosidad ociosa, la filosofía farsa intelectual y la civilización
oropel. Su pensamiento político busca el retorno a los orígenes como camino de
progreso y norma de juicio, criterio directivo para devolverle al hombre el
orden y la justicia que le son propios. En el texto Ética Social, Michael Ryan,
L.C.,
precisa:
En su definición de naturaleza, rechaza el concepto de naturaleza en
guerra de Hobbes diciendo que esto puede ser verdad de las personas públicas,
los Estados soberanos, pues los hombres no luchan en cuanto individuos
aislados, sino en cuanto ciudadanos o súbditos. Pero también rechaza la
sociabilidad natural de los teóricos del iusnaturalismo. El hombre es
simplemente asocial. Vivía en estado natural como un ser libre, igual, bueno,
con buenos sentimientos, v.gr., la compasión.
Además, plantea que la desigualdad y
la guerra nacen con la evolución de las facultades, la invención de las artes y
la propiedad privada. Su Contrato Social se basa en una voluntad general que
cada quien reconoce como propia y que al obedecerla cada quien se obedece a sí
mismo, surgiendo un cuerpo moral y colectivo con vida propia y autonomía. En
este estado civil se sustituye el instinto por la justicia, moralizando las
acciones. Así, el estado civil continúa y perfecciona el de la naturaleza. No
obstante, la voluntad general, expresada en la mayoría, representa la razón y
constriñe a la minoría a aceptar esa voluntad y ser libres.
Influido por Platón, la ciudad-estado
(comunidad) es el principal instrumento para moralizar, representado el valor
moral más alto: la sociedad educa al hombre. Es un teórico del absolutismo
político basado en la democracia y justificado por la teoría de la voluntad
general que legitima que una minoría manipule las masas. Así, el Estado encarna
la unidad y valor absoluto que no respeta la libertad natural del individuo
sino que lo fuerza para darle una forma de libertad más perfecta: la sumisión a
su poder totalitario. Michael Ryan, L.C.
comenta:
Todas las formas de gobierno degeneran. Lo importante es educar al
pueblo en las virtudes, en el civismo, en la frugalidad, en la religión –una
religión civil con pocos dogmas -, en la tolerancia. La intolerancia es el
único dogma negativo.
Francois-Marie Arouet Voltarie (1713-1784) busca una política del
sentido común en la acción y la tolerancia. Partidario de la jerarquía de las
clases sociales, rechaza la instrucción del pueblo. Lucha por reformas civiles
y administrativas como la garantía para la libertad de pensamiento y expresión
y la abolición de los arrestos arbitrarios, los procedimientos secretos, la
tortura y la pena de muerte. A su vez, Dennos Diderot (1713-1784)
partidario de la evolución y del progreso, representa al movimiento de la Enciclopedia.
Propone el deber de mejorar a los hombres y de contribuir a su felicidad.
Plantea que el gobierno mejor es el que dura más y más tranquilamente.
En tal contexto se da la Revolución Francesa (1798). Allí se
elabora la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano en un
documento de 17 artículos, vigente: Derecho a la libertad, la propiedad, la
seguridad y resistencia a la opresión. Los hombres nacen igualmente libres e
independientes y la soberanía reside en la nación. También surge el
jacobinismo, partidario de la guerra, la salud pública, la nación en armas y la
idea de que el patriotismo responde a una misión nacional. Saint-just y
Robespierre cultivan la virtud y animan el terrorismo.
Por su parte, Bafeuf plantea que la
revolución política no sirve sin la revolución social: comunidad de bienes y
abolición de la propiedad privada hacia el igualitarismo. En el texto
mencionado, Michael Ryan, L.C.,
comenta:
Bafeuf proponía imponer durante un largo periodo una dictadura del
comité insurreccional, pues era necesario un gobierno fuerte para instaurar el
comunismo. Hay que subrayar aquí la originalidad de proponer una organización
política para realizar la línea ideológica. Será el inspirador de los
profesionistas de la conspiración y de los intelectuales idealistas mucho más
allá de las fronteras de Francia.
El pensamiento político alemán.
El Iluminismo alemán tiende al
dogmatismo lógico, preocupándose más por la moralidad y la religión que por la
política. Acepta el despotismo ilustrado del Movimiento Sturm und Drang –
tempestad y asalto – antimonopolista y antiintelectual, que busca la exaltación
nacionalista. Pero el romanticismo valora los elementos irracionales (mito y
raza) que superan y comprenden al individuo.
Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), religioso y poseedor del
saber de su época, plantea que Dios es el fundamento del derecho natural en
tres grados: no dañar a nadie, tratar a cada quien como le es debido, vivir
piadosamente. Dice que el universo es un gran coro y la armonía suprema es la
metafísica. La política debe buscar la conciliación y la unidad mediante el
sentimiento nacional que busca el universal. Así, medita sobre la unidad de las
lenguas, sobre una organización internacional para la paz y la expansión del
cristianismo, sobre la utilidad de los intercambios culturales internacionales.
Lucha por la unión de la iglesia y preanuncia la obra de los enciclopedistas e
iluministas.
Immanuel Kant (1724-1804), el Padre del Idealismo
Alemán, se inspira en Rousseau, Montesquieu y el Iluminismo, para trazar sus
planteamientos políticos tendientes al progreso de la humanidad en la libertad,
la moralidad y la paz perpetua. Sobre el mundo moral, la realidad política está
dominada por el mundo de los fines, regido por un Estado de derecho donde la
política debe subordinarse a la moral. Más que filosofía, la política es praxis
para que los hombres afirmen sus derechos, siendo su objeto la defensa de los
derechos del hombre. Así, define libertad en cuanto hombre e igualdad en cuanto
sujeto a ley moral universal: en el mundo concreto histórico la libertad se
instituye imperfectamente; la naturaleza y la política llegan a la legalidad y
no a la moralidad. El Estado de derecho en la historia es esperanza del reino
futuro de los fines: la moral.
Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) es el primer ideólogo del
nacionalismo alemán y del pangermanismo. Concibe la libertad como la esencia
interior del hombre y del alma colectiva. Propone una filosofía del universal
pero sobre la la nación alemana. Representa un nacionalismo metafísico,
religioso, místico, romántico, pedagógico, autárquico, racista –antilatino y
antihebreo -.
Friedrich Hegel (1770-1831) Piensa que la idea de la
auténtica realidad objetiva, y la historia (historia de la razón) es el
desarrollo de la dialéctica de la idea originaria hacia el Espíritu universal.
El acceso del sujeto a este espíritu se realiza mediante el pueblo porque éste
posee el ideal moral, siendo organización espiritual y materialización de la
ética. Asimismo, los individuos entran en conflicto, pero las guerras dan
unidad y salud ética a los pueblos, conjurando la alienación del hombre en los
intereses y conflictos de clase. Por lo mismo, la Razón se sirve de las
pasiones de quienes persiguen sus fines. Así se realiza el fin ulterior: el
progreso de la libertad o la toma de conciencia.
La historia el Espíritu se revela en
las totalidades concretas y los pueblos son de tal índole, por eso la a
política es la ciencia de la realización histórica de la libertad en sus
encarnaciones y mediaciones concretas: la familia, las corporaciones, el
Estado. El diálogo mediador de lo privado y lo público lo realiza el Estado y
el hombre logra la verdadera libertad en la Razón y en lo universal. Así, el
Estado usa una estrategia para que los hombres libres alcancen un nivel más
universal. Michael Ryan, L.C.,
precisa:
Al describir la constitución de su Estado, Hegel sigue el modelo prusiano:
un monarca hereditario que encarna la continuidad del Estado; estados –en vez
de parlamento- no electivos y con representación corporativa, es decir, en
función de los intereses; funcionarios –burocracia- que ejercitan la autoridad
principal, expresando la misión del Estado del cual son servidores y amos.
La revolución norteamericana.
Se da en el siglo XVIII y se vuelve
modelo. Sus causas principales fueron los contrastes de intereses, el abuso de
autoridad de los gobernadores sobre las asambleas coloniales y la tolerancia
religiosa impuesta por los puritanos. En las comunas se daba el auto-gobierno y
la democracia directa –town meetings- que generaron el individualismo y el
deseo de independencia. Así, la declaración de independencia se basa en la ley
natural y en los inalienables derechos del hombre: vida, libertad, búsqueda de
felicidad.
Alexander Hamilton (1757-1804), representa la
aristocracia industrial del norte. Su idea de la política se muestra en el
poder centralizado y el mercantilismo cerrado, mientras su nacionalismo se basa
en la economía, cuyo crecimiento y productividad no se concilia con un gobierno
popular. A su vez, John Adams (1735-1826) representa el liberalismo no
igualitario, aristocrático y pesimista. Fue el segundo presidente de EEUU. Por
su parte, Thomas Jefferson (1743-1823) amplia la democracia, extiende la
educación, el sufragio y la tolerancia religiosa. No acepta la concentración
del poder ni el privilegio de nacimiento ni la esclavitud.
Edad contemporánea.
Es de precisar que los actuales
sistemas sociopolíticos hallan sus bases en el devenir de la historia del
pensamiento y de la sociedad, que determinan las nuevas concepciones sobre la
ética política. De hecho, el carácter social del hombre es un fenómeno clave
para la comprensión de la condición humana, de su dinámica y su devenir. Por
ello hoy se abren diversas escuelas de pensamiento.
El positivismo.
Saint-Simon (1798-1853) y Auguste Comte (1798-1853)
representan el espíritu positivista, cuyo reduccionismo llevó a la filosofía
política y social a la etnología, la historia, la filosofía de la historia, la
estadística y la sociología. Dentro de sus bondades es de destacar el asumir
los asuntos sociales como realidad propia, a partir de la pregunta por lo
social, lo que desencadenó múltiples respuestas. En tal orden, esta corriente
parte del carácter nomológico-deductico de la física y la matemática, guiando a
las ciencias sociales en la aplicación del método científico de las ciencias
naturales, incluyendo a la Psicología experimental.
El individualismo.
Concibe la sociedad desde el individuo
y no desde el hombre, siendo aquél lo real y fuente de todas las leyes y que
reclama libertad e igualdad. A su vez, tal libertad permite el progreso y la
prosperidad de la sociedad. Por ello reivindca la igualdad en tanto la ley debe
ser la misma para todos, con igual oportunidad. Allí se plantea una especie de
selección natural en cuanto sería los mejores quienes gozarían de los
privilegios. Según Michael Ryan, L.C.,
son Puntos de vista del individualismo:
Filosóficamente:
individualismo atomista. Éticamente: el hombre es fin en sí, sin ninguna
vinculación moral. Políticamente: único creador y señor del Estado.
Jurídicamente: único creador de las leyes. La única norma es el interés
privado.
La filosofía y la historia del
individualismo vienen del nominalismo, el renacimiento, la reforma,
el racionalismo iluminista, el naturalismo y el humanismo. Esta
corriente le da valor a la persona como parte activa en la sociedad y la
defensa de la libertad, pero niega la subsidiaridad: la persona vive en la
masificación y al asedio de los fuertes y del Estado. Éstos y los débiles
surgen de la ley de la libre competencia. Así, le otorga al Estado muchas
funciones, determinándolo como la fuente de todo el derecho, lo que lleva al
despotismo estatal y al totalitarismo.
El liberalismo.
El término “liberal” nace en Cádiz (1812) España, y es abierto a
significados múltiples: puro, mitigado, religioso, político, económico. Como
movimiento práctico y teórico, fue sustituyendo el antiguo régimen, desde
finales del Sglo XVIII. Desde entonces ocupa un lugar relevante en la política.
Con el ascenso de la burguesía, rica por el comercio y el acceso a la propiedad
de la tierra, surge una nueva clase social y un poder que supera a la nobleza y
al pueblo como tal. Tal clase se apoyó en la ideología que urgía la igual de
derechos para todos los hombres, así que el liberalismo se identificó con ella:
ideas, intereses, tendencias y formas de vida. Estos principios se
materializaron por primera vez en el movimiento propio de la independencia a
los Estados Unidos en 1776. Asimismo, la Revolución francesa (1789) se impregnó
de ellos, lo es evidente en la Declaración Universal de los Derechos del hombre
y del ciudadano y en el lema “libertad, igualdad, fraternidad”.
Aunque se han juntado en la historia,
liberalismo y democracia son distintos. Aquélla alude al gobierno del pueblo y
enfatiza la igualdad sobre la libertad y la libertad de la masa sobre la
libertad individual. Pero ambos ven al individuo como fuente de derecho y del
orden social, moral y político. Asimismo, la democracia moderna nació por el
liberalismo, siendo censataria: el sufragio lo ejercían sólo los propietarios y
las mujeres eran excluidas; luego evolucionó hacia el sufragio universal.
También fue influida por el marxismo y por el cientificismo del siglo XIX
(darwinismo), asumiendo la vida como una competencia determinada por la
selección natural que permite la sobrevivencia del más apto.
El liberalismo pretendió el cambio en
la estructura política sobre la base legítima de los derechos naturales y de
teorías distintas del poder como concesión de Dios al rey. Una de tales teorías
(en perspectiva religiosa) planteaba que el poder era dado por Dios al pueblo
quien lo delegaba a la autoridad política, pudiendo recuperarlo. Otra teoría
(deismo y ateismo) planteaba el poder como emanación directa del pueblo, quien
lo otorgaba al Estado a través de un contrato social.
Desde su origen, y por la ley de la
oferta y la demanda, el liberalismo defendió la propiedad privada como
expresión de libertad; exigió libertad de comercio, abolición de las barreras
aduaneras, libertad de empresa y de contrato de trabajo, sin la intervención
del Estado. Asimismo, y por la libertad y la responsabilidad individual, no
apoyó las agrupaciones; pero el mundo obrero halló en esta teoría social
directrices para las asociaciones sindicales y la seguridad social. Hoy, por la
economía social de mercado y la intervención prudente del Estado, es más
social, demostrando en el siglo XX mayor duración y resultados frente al
socialismo.
Se reconoce que el liberalismo
promueve los derechos de los individuos y la iniciativa y laceración de
riqueza. Pero fortalece conductas como el aborto, la eutanasia, la legalización
de la droga, etc. También provoca un egoísmo radical y le otorga al Estado
campos como la educación y la cultura, lo que se contradice con su concepto de
libertad, pero no con la intención de liberar a los individuos de las
“ideologías” moralizantes y religiosas. Así, ante el peso de la realidad
individual y social, el liberalismo asume el pragmatismo. En suma, ofrece
buenos resultados en lo político, lo económico y lo social y asume valores compartidos
por la Iglesia Católica. Pero su doctrina es materialista, concibiendo un
hombre aislado, asocial y absolutamente autónomo y libre de toda ley moral
objetiva y antecedente.
El liberalismo se rige bajo principios
y valores, siendo fundamental la libertad individual. Como valor supremo y
absoluto debe ser protegido por encima de todo, constituyéndose en la finalidad
y la función de todo grupo social. Este principio puede conducir al egoísmo. Se
puede definir como un humanismo absoluto, una edificación del hombre, un
personalismo liberal.
Otro principio es su doctrina social.
Sobre la sociedad en general, plantea que el individuo no es social sino una
voluntad individual que permite el nacimiento de la sociedad: ésta, que no
busca un bien común, es fruto de la libre decisión de los hombres poseedores de
intereses propios. La única ley de la sociedad es garantizar las libertades
individuales. Sobre la familia, que no es una institución natural, surge del
contrato de las partes. Su fin es individualista, buscando la felicidad
personal. Se puede disolver.
Sobre el Estado, nace del contrato
social y de la libre decisión de limitar la propia libertad, para tutelar los
intereses de los individuos. No desea ser clasista, pero es instrumento de la
burguesía, tampoco desea reducir el poder del estado, pero le otorga poderes
extraordinarios. Sobre la economía, fue una reacción contra las restricciones
del mercantilismo. Sus leyes económicas son: el automatismo de la economía de
mercado; la autoordenación de la economía competitiva mediante el mecanismo de
los precios según la ley de la oferta y la demanda; la armonía interna entre
los intereses individuales y los generales mediante el libre juego de las
fuerzas: obra de la mano invisible. Hoy se da el neoliberalismo que acepta la
intervención de una “mano Visible” del Estado que oriente la economía, sin
perder los principios de la libertad de mercado. Quiere enmendar las
perturbaciones sociales creadas por el liberalismo clásico. Sobre la iglesia,
se puso en contra de la Iglesia y de toda autoridad. Quiere reducir la religión
a lo personal y privado.
El socialismo.
En su origen intervinieron varios factores: a. Las utopías: creaciones
literarias que recrean formas sociales alejadas de la situación de desigualdad
e injusticia social del mundo real. Por ejemplo, la primera comunidad cristiana
y su ideal de pobreza, la vida monástica y su organización interna basada en la
vida común. b. A principios del siglo XIX surge el término socialismo a
través de Saint-Simon, Fourier, Cabet, Proudhon, Blanc, Owen a los que Marx
llama utópicos por carecer de rigor científico. c. El socialismo surge del
racionalismo y del individualismo iluminista: confianza en la bondad del hombre
y en su capacidad de evolucionar, y
búsqueda de la prosperidad terrena. d. La situación de los obreros: defensor de
los proletarios como conjunto de hombres que no poseen medios de producción,
sólo su fuerza de trabajo, dependiendo del trabajo y de quienes tienen los
medios de producción. El socialismo quiere mejorar las condiciones a partir de
una mejor distribución de los bienes y mediante el cambio de las estructuras
económicas. e. De la revolución a la política: sobre el marxismo y en la
segunda mitad del siglo XIX, se fundaron partidos políticos revolucionarios.
Querían hacer la revolución completa para el ascenso del proletariado al poder.
Sin embargo, tuvieron que modificarse e insertarse en situaciones políticas
pluralistas.
Se conocen dos tipos de socialismo: el
marxista (socialismo colectivista, comunismo) y el no marxista (neosocialismo). El concepto se refiere a la
corriente opuesta a la propiedad privada o que busca su significativa
reducción. Aún así, es un concepto difuso. Hasta 1848 y en Francia, había un
socialismo premarxista, al que Marx antepuso su socialismo científico, basado
en las leyes que rigen la realidad y el mundo económico social. A partir de
Marx, y hasta hoy, se dan las corrientes de socialistas marxistas y
socialdemócratas.
El socialismo clásico critica la
economía individualista capitalista y propone una sociedad mejor (mesianismo),
a partir de la transformación de las estructuras económicas que busque la
socialización de los medios de producción. Se daría el predominio de la
sociedad (colectivismo). Los actuales partidos socialistas se identifican así:
a. Aceptación del juego democrático de la democracia liberal. b. Aceptación de
la economía de mercado y la coexistencia de empresas privadas y estatales. c.
Acentuación de una política de intervención del Estado en la redistribución del
producto del trabajo mediante la política fiscal, de seguridad social y
educativa. d. Intervención del Estado en la cultura, promoviendo una visión del
hombre puramente natural, relativa, cambiante, laicista. Choca con la Iglesia
en aquellos aspectos que comparte con el liberalismo.
El socialismo logró enmendar los
vicios propios de liberalismo. Aún así, asume los principios del liberalismo en
su concepción inmanentista y materialista del hombre y la sociedad. Recuérdese
la Quadragesimo anno: “el
socialismo, ya se considere como doctrina, ya como hecho histórico, ya como
acción, si sigue siendo verdaderamente
socialismo, aún después de sus concesiones a la verdad y a la justicia de las
que hemos hecho mención, es incompatible con los dogmas de la Iglesia católica;
ya que su menra de concebir la sociedad se opone diametralmente a la verdad
cristiana”(n. 75)
El colectivismo y el comunismo.
La diferencia entre los sistemas
colectivistas radica en los valores que los inspiran: el fascismo asumió
la nación, el nacionalsocialismo la raza aria y el comunismo el proletariado.
Le niegan individuo sus derechos y su fin transocial, proyectándose como un
individualismo colosal: un gran individuo cerrado, autónomo y fin en sí, de
allí que surja de los postulados del individualismo sustentados en el
positivismo jurídico y en la teoría inorgánica de la sociedad.
A su vez, el comunismo alude al
sistema social fundado en la comunidad de bienes económicos y la aniquilación,
mediante el Estado comunista, de la propiedad privada de los medios de
producción y la división clasista de la sociedad. Sostenido en el proletariado
y la búsqueda de la sociedad comunista, se basa en el materialismo dialéctico y
el materialismo histórico de Marx: los medios de producción, la lucha de
clases, el valor y la plusvalía, la alineación, el aumento de la miseria de los
trabajadores, las crisis, la política y la instauración del Estado comunista
mediante la dictadura del proletariado.
Influido por Hegel, Marx plantea que la
historia surge de lucha de clases, generando la conciencia política de la clase
trabajadora, encargada de acabar con la burguesía como ésta lo hizo con la
nobleza. Su tesis central es que las condiciones materiales de vida, resultado
de las fuerzas y de las relaciones de producción, determinan la sociedad:
política, religión, moral, ciencia, etc. Así, la revolución comunista, en su
línea ética, debía rescatar al hombre para el hombre, liberándolo del mito de
Dios y de la propiedad privada, de modo que, ya sin el Estado, el gobierno se
limitaría a la administración de las cosas.
Son muchas las causas del actual
fracaso del comunismo. Se destaca el problema del materialismo como dogma, que
pretende que el espíritu es la superestructura de las relaciones materiales,
desconociendo su propia dinámica. Se asume el espíritu como un subproducto de
la materia, de modo que si se dominan las leyes de la materia se puede someter
el espíritu: si se cambian las estructuras cambia la historia (carácter
mecanicista). Niega la trascendencia del espíritu.
Otra causa es el determinismo
histórico: la exclusión de lo humano (la libertad y el ser del hombre) en las
ciencias humanas, dada su positivización en tanto reducción de sus objetos a
leyes cuantitativas y verificables. En este sentido, la sociología marxista es
positivista, queriendo estudiar al hombre en términos explicativos causalistas,
derivados de la filosofía materialista. Tal pretensión pretende reducir al
hombre al dato puro, cuantificable, predecible y controlable, negando su
libertad, su responsabilidad y su dignidad como ser humano.
Otra causa es la idea de progreso como
interpretación mecanicista de la historia y que se reduce a todo lo que le
sirve al socialismo. Así, es considerado como un proceso necesario de
desarrollo de la historia y que responde a leyes inobjetables, de modo que ante
él el hombre se torna inerme e impotente, por tanto, la libertad, la
responsabilidad y la dignidad de la persona no sólo nada pueden hacer ante el
progreso sino que se constituyen en su obstáculo.
Un factor que provocó la caída de este
modelo tiene que ver con el fracaso material en las esferas económica y
social, demostrando la falibilidad de la teoría y de las leyes científicas.
Otro facto fue la fuerza de la religión, dado que fue imposible, y dentro de la
ciencia misma, ocultar la pregunta sobre Dios y la construcción espiritual que
tiene su origen en la profundidad de la naturaleza y de la condición humana.
Así, de ser opresión la religión empezó a ser liberación, repercutiendo en
todos los ámbitos de la sociedad. Otro factor fue la influencia de los medios
de comunicación como desestabilizadores del autoritarismo.
BIBLIOGRAFÍA
ARISTÓTELES.
Política. Grandes Obras del Pensamiento. Madrid: Ediciones Altaya, S.A., 1993.
FERRATER
MORA, José. Diccionario de Filosofía. Tomo II (E-J). Barcelona: Editorial
Ariel, S.A., 1999.
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CRITICA
La etica es una cuestion que el hombre actual no entiende y quiere comprender para su vida pese a la falta de interes del mismo por crecer en su comportamiento del mal y llegar al comportamiento adecuado que nos ofrece pues ella quiere que nuestra moral, tenga un teoria bien instalada en nuestras vidas y que este conocimiento se muestro en nuestro comportamiento en nuestra sociedad para ver como el que conoce y comprende de ella gozara de una buena vida y nunca sufrira por su comportamiento.
La etica en la politica es de vital importancia por que es la que nos puede ayudar a distinguir entre lo bueno y lo malo para sacra un criterio conforme a lo que pide la sociedad o el entorno que no rodea para asi poder ser caceptada nuestra forma de actuar en vez de traer problemas para mi como para la persona que espera algo de mi, de modo que la moral responde u ideal de hombre y como lograr ser ese gran hombre pero la etica me ayuda a sostener ese gran hombre o el hombre ideal que queremos alcanzar.
Nuestro contienente en sus inicios tuvo que despertar frente al modelo tan inadecuado que se nos quiso ofrecer a nuestra cultural pues queria mostrarno solamente una etica que fuera para beneficios de ellos sombre nuestra gente, pues la democracia directa que manejaban acabo con la paciencia y de modo que desde ahi se busco una independencia y una politica que fuera para beneficio del pueblo y no solo de los dirigentes.
pero en en el año 2017, las cosas no han cambiado para muchos paises latinoamericanos como lo es para Cuba, Venezuela y tanto paises que puede llegar a vivir un regimen comunistas, podrimoas hablar del gran poder que solomanete quieren sus mandatario como los son Raul castro y Nicolas Maduro, los cuales solo buscan pasar por ensima de la comunidad sin importar que tengan que matar, pasar por ensima de las personas sin respetar su dignidad humana que todo ser humano deber respetarsele.
Es ahi donde las iglesia cuban y venozolana debe trabajar para cultivar esos prinicpios de la correcion fraterna sin llegar al caso de que estos mandatarios se vayan encontra de nuestro creyentes o fieles, aqui la iglesia no debe tener excluosn si practi o no nuestra fe, lo unico que nos debe importar es hacer respetar los valores del hombre que sufre y busca de una ayuda de acompañia y amor frente a loos problemas, del hambre , salud y la poca libertad que les acompañan.
Por coniguiente aqui es importante recalcar que en nuestro pais vecino como venezuela el mandatario fue elegido por el mismo pueblo, es ahi donde la iglesia debe, preguntarse si estamos formando a nuestros fieles en una buena etica profesional donde el bien y el mal del candidato que vayamos a elegir esten claros y no nos slagan con mascaras, es aqui donde se debe transcender para que el espiritu de Dios transcienda y venga sobre nosotros y nos ayude a elgir un buen candidato.
para finalizar es importante saber que si manejamos bien la etica podremos ser buenos cuidadanos Rene Descartes nos dice que si relizamos su moral provisional viviremos bien de igual manera Kant dice que si sabemos manejar la etica tendremos una libertad que donde siempre estar por encima el respeto del otro y buscando ademas la libertad del hombre frente a tasntas cadenas que acompañan de el.
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